Conocí a Edward casi por necesidad, apareció en mi vida cuando yo quería aprender inglés y por mera casualidad, él con suerte entendía castellano. Sorpresivamente nos comunicábamos de manera muy satisfactoria .Teníamos ideales en común y propios de la edad, tan parecidos y tan diferentes, lo admiraba por su valentía y entereza, él a mi por tener la capacidad de hacer reír a las personas pero, por otra parte, me sobreprotegía debido a mi gran timidez. Sólo conversaba con él, no me sentía a gusto con otras personas, compartíamos tanto, me enseñaba sus expresiones de gringo joven, y me entrenaba para imitar el siútico acento británico de su mamá. Por supuesto yo no me quedaba atrás, le hice escuchar tantos chilenismos que creo en algunos momentos quedó casi traumado, aunque se mataba de la risa y ciertamente nos divertíamos cuando le hacía decir “weón”. Crecimos juntos, de forma extraña Edward se desarrollaba más rápido que yo, su tono de voz cambiaba, y su cuerpo también. Yo me encontraba siempre menudito, con mis facciones marcadas, la distintiva nariz chata y mi piel morena. Edward se volvió mi mejor amigo, más que eso éramos una pequeña familia, todos los días me lo recordaba – Francisco, we’ll always be friends, don’t even doubt about it- Nunca le di el beneficio de la duda a esas palabras.
Aprendimos mucho el uno del otro, creando códigos propios, las travesuras más increíbles y realizables a la vez, aunque siempre lo culpaban a él de esas cosas, a mi no me tomaban mucho en cuenta sus padres y en realidad, tampoco lo cuestioné para evitar problemas.
La amistad comenzó a decaer con el tiempo, Edward me dejaba solo jugando a todo lo que solíamos hacer juntos, me pedía disculpas por no quedarse conmigo. De todas formas, ya las cosas eran muy diferentes, no me divertía con él como antes, le quedaba chico como amigo, además él ya no tenía el más mínimo interés por hacerme compañía.

Edward creció. Finalmente me quedé como el invitado silente en su habitación, sin poder emitir palabras, exigirle a sus padres o a sus nuevos amigos o novias que lo enviasen de vuelta… De a poco me fui desvaneciendo, su imagen de mi retina comenzó a desteñir. En un intento desesperado por recuperar a mi único amigo, le pregunté una última vez, qué estaba sucediendo con nosotros. – Nothing, nothing at all, my good friend- contestó de forma despreocupada. – No me vengas con webadas, Edward, mira que hace tiempo me tienes penando tu habitación, no tengo la misma sensación de amistad-. Edward calló, con la cabeza gacha se dio vuelta y me miró de una manera característica, como cuando era niño y se aburría o desilusionaba con algún juguete, ya estaba cansado de mí. Pero en esta situación todo era muy diferente, no podía quedar olvidado en un viejo baúl. –It’s time for you to leave, Francisco. I’m really sorry.- Mi mundo entero se desplomó, me di cuenta que nada más tenía a mi favor, lo tuve que dejar ir, y ni una ínfima lagrima dejé caer. Atravesó esa pieza, centro de nuestro mundo sin volver la mirada hacia atrás, quedando yo expectante, en silencio y paralizado. No hay gritos, nadie más que él me escucha, es la triste realidad de ser creado para cumplir una finalidad. Edward, mi mejor amigo, cerró la puerta y yo contemplé mi final.
*Crónica de un amigo imaginario.