Cuando era bien niño, sin chistes ni pensamientos en doble sentido (aunque no lo crean algunos), simplemente con la inocencia a flor de piel, me encantaba leer, hablar y dibujar animales medios raros, entre algunos intentos de dragones, elefantes y unicornios que le mostraba a mi papá y a mi mamá, para que hicieran fiesta y alarde de las creaciones de su hijo. De hecho, una vez en primero básico gané un concurso de pintura a nivel de colegio. Eso fue un logro.Hoy visité a mi papá en el Hogar. Me acordé de cuando nos enseñaba a hablar a mi hermano y a mí, daba vuelta las palabras y yo terminaba diciendo "marisopa" y otros nombres de personas al revés. En estas fechas, me vestían a lo pseudo conejo con bigotes pintados y la naríz roja, esos dientes plásticos que te dejan baboso y la típica canasta para buscar los huevitos, preciado y delicioso tesoro. Ahí no discutía con mi hermano, el objetivo era de chocolate. Me dieron ganas de llorar y abrazar fuerte a mi viejito; en lugar de eso lo besé en la frente, admirando su canoso cabello y le prometí que mañana, a primera hora tendría sus merecidos huevos de pascua, una leída de diario y la charla matutina para hacernos compañía.

