Un 11 de Septiembre, mi familia aún no se constituía. Mi padre vivía con su esposa y 10 hijos en la casa de Bello Horizonte en Las Condes. En cambio mi madre no hacía mucho que llegaba con su familia desde Viña del Mar a la casa de Villa Santa Carolina en Macul. Tenía una edad cercana a los 11 años. La suegra de mi papá se encontraba muy enferma, y la familia estaba muy preocupada por el futuro del papá. Días atrás, el presidente Allende le dio la noticia de que sería nombrado ministro de educación del gobierno de la UP. En casa de mi madre, a eso de las 11 horas en la mañana, mi abuelo izaba la bandera a media asta y celebraba la matanza comunista del General Pinochet y la Junta de Gobierno. En Bello Horizonte, reinaba la desesperanza por la muerte de tantos compañeros valiosos, amigos y familia, que se perdían con el término de una era llena de sueños y nuevas propuestas. Para mi lado materno y su ideal pinochetista, se liberó a Chile de la amenaza comunista, tan utópica como catastrófica. Mi madre nunca estuvo de acuerdo, ella se mantiene con mentalidad socialista hasta ahora. Para los Hurtado Pinochet, ciertamente la muerte del presidente Allende significaba un dolor en lo más profundo de la familia, más aun, del corazón del pueblo chileno.En la actualidad, con los recuerdos y enseñanzas que jamás me fueron impuestas, cada vez que transito frente a la puerta de Morandé #80, me detengo sólo por un momento y pienso en que realmente algo tan siniestro como el Golpe Militar, que duró más de 17 años con muertes, miedo y tanta desolación a su paso, no puede volver a ocurrir en Chile ni en ningún otro lado. No más pérdidas, agravios ni injusticias.
No pretendo justificar el vandalismo que seguramente saldrá a flote hoy, pero aun existe mucha gente con rabia, pena. Eso no implica que un grupo de inescrupulosos salgan a la calle y destruyan lo que con tanto esfuerzo ha costado recuperar.
Perdonar, pero no olvidar y que este 11 de septiembre sea tranquilo y solemne.

