Llevaba mi segundo día en ese lugar, lleno de cabinas, teléfonos, escritorios y refrigerios…además del clima veraniego, el ambiente se pone aun más fogoso debido a cada llamada.Algunas colegas se pintaban las uñas de los pies mientras mantenían el teléfono apoyado con sus cuellos, mostrando un rostro aburrido y sumido en la rutina, emitiendo los más creíbles e inimaginables gemidos que ni yo podía imitar aun – son gajes del oficio, mijita- me decían las otras colegas al colgar sus respectivas líneas, mientras yo observaba desde mi cubículo.
Estando poco acostumbrada a mi particular oficio, no todo me salía de forma tan espontánea, y en este ambiente eso es lo primordial para mantener el trabajo.
- Aaaaaahhhhh- yo trataba de gritar con placer, pero el resultado era todo lo contrario.
-¿Qué clase de gemido es ese? Si quiero una perna, para eso llamo a mi mujer- y cortó mi primer cliente, el cual duró menos de tres minutos al teléfono.
Sin desanimarme, durante todo el resto de ese día me dediqué a observar, imitar y anotar la técnica de mis colegas, esas que gritaban eufóricas cuando un cliente decía que les tocaba el lóbulo de la oreja o que les mordisquearía una pechuga, si ellas eran expertas, yo sería la más orgásmica de todas. Al llegar a mi departamento, con un plátano en la mano, comencé a practicar mis dotes de telefonista erótica, gritando frente al espejo. Los vecinos de arriba y abajo, golpearon mi techo y el desgastado piso flexi sonaba por los golpeteos de escoba. Hasta los del edificio de enfrente se asomaron para ver quien estaba siendo asesinada, pero eso es otro cuento.
Al día siguiente, me sentía más que lista y preparada, “el cliente siempre tiene la razón”, si dice que soy negra, la más africana de todas sería, si me quiere con acento gringo, entonces a mi gorditou lo querría con todo mi heart, eso si, flaite no…a mi no me criaron en colegio de monjas para ser flaite. Quién lo hubiese pensado, Josefa Guzmán, siempre la niñita bien y aplicada en todo, no es dueña de casa ni parvularia, trabaja en una línea caliente. En realidad no me parezco mucho físicamente a mis compañeras de trabajo, todas mayores que yo, gruesas de cuerpo y anchas de cadera, algunas ya son abuelas incluso, gente de esfuerzo y buena familia que se ganan la vida. Desde mi llegada, vieron entrar en el salón de reuniones a una pendeja blanca, delgada y de facciones delicadas, - la típica niñita cuica- escuché murmurar a un auxiliar de aseo que barría a medias y me miraba de pies a cabeza .Me hice la tonta para no crear conflicto.
En fin, llegando al trabajo y con la mayor de las disposiciones, me senté en mi cubículo, agarré el teléfono y tomé un plátano, para tener cerca a mi entrenador del día anterior y sentirme un poco más segura. Sonó el teléfono, me apresuré en contestar y un
-Hola, soy Jorge y contigo quiero hablar- salió del auricular. Una voz entre patética y apresurada, para nada romántica, al menos para mí.
-¿Quién quieres que sea? De todo, menos algo rasca, mi amor- le contesté certera.
-Poco me importa como te llames, pendeja. Yo quiero sexo, y algo para recordar.¿qué haces ahora?-preguntó con un tono poco amable.
-Devoro un plátano, Jorgito. Lentamente lo como-Dije en un tono medio sensual que ni yo me lo creía.
-Mmmm, ya entramos en calor, chiquilla. Me gustaría ver qué haces con eso-Jadeaba el pobre hombre.
-¿Por qué no me cuentas de ti, mientras yo acabo deliciosamente con esta fruta a mordiscos?-Entre lateada y aproblemada con mi plátano.
-Yo, yo, yoooh, me voy, me voooooooooy!!!-Terminaba así el diálogo del desagradable tipo. No escuché palabra alguna luego de eso.
-He dejado a un hombrecillo satisfecho-Dije en voz alta e inflando mi pecho de orgullo y aún sosteniendo el auricular en mis manos, porque la tarifa sigue en pie hasta que el cliente corte, son reglas de la empresa y un futuro aporte a mi sueldo.
-Jorgito, Jorgito... ¿Jorgito, estás ahí?- Comencé a preocuparme por no obtener respuesta a mi llamado. Estuve cerca de treinta minutos llamándolo, hasta que luego de un estruendo y un posterior silencio súbito, al otro lado del teléfono se sentían muchas voces, el sonido de la sirena de una ambulancia, opacaba lo poco que podía escuchar.
-Hola, ¿Hay alguien ahí?-Preguntaron desde el teléfono de mi cliente.
-Jorgito, mi amor-Contesté más aliviada.
-Señora, el caballero está muerto. Usted habla con el paramédico, hemos tratado de revivirlo, pero lamentablemente su marido ha fallecido-Muy acongojado me contaba la tragedia.
-¡¿Mi marido?!-Dije para mis adentros y ya bastante agitada. No tuve intención alguna de explicarle al tipo lo sucedido, que plancha más grande contarle que no estaba casada con el finado, más aun que sólo cumplía con mi trabajo y mucho menos decirle a qué me dedicaba.
-Estoy devastada, señor paramédico, me sentiré tan rara y muy sola sin él. Prometió que todos los días me llamaría por teléfono-Argumenté haciendo el gran papel de una viuda telefonista. Agradecí al ingenuo paramédico por su labor y paciencia conmigo, por tratar de hacer lo posible para revivir al mejor de mis clientes y corté el teléfono.